Desde pequeño, Daniel Hermann (42) entendió a la perfección que no todos los bichos que caminan van a parar al asador. El popular refrán había quedado obsoleto en la vida de este joven entrerriano. “Siempre que podía me cruzaba al campo y me traía algún bichito en un frasco. Yo vivía pegado a la casa de mi abuela. Entre mi casa y la de ella había un espacio de unos 50 centímetros. Ese era el lugar donde guardaba mis bichos para que no me los encuentre mi papá o mi mamá y me los tiren. Yo los guardaba sin saber de su peligrosidad. Ese lugar se transformó en una especie de laboratorio”, recordó el hombre oriundo de General Ramírez, departamento Diamante, en diálogo con El Litoral. Lo que nunca se imaginó Dani era que esas aventuras de gurí iban a desembarcar en algo grande, en proyectos ambiciosos y de índole nacional.

































