Ha llegado el momento. Aquéllos niños que en mayo de 1905 resolvieron fundar esta popular institución, ya no están. Quizás por allí anden sus descendientes, entre recuerdos por lo que alguna vez le habrán contado de esos chicos que jugaban a la pelota y que resolvieron ponerle de nombre Colón porque la madre de uno de ellos no lo dejó, un día, ir a "patear" porque tenía que estudiar los viajes de Colón a América. El "campito", la cancha de Moreno y Bv. Zavalla y la actual, construida en los tiempos de don Francisco Ghiano. La epopeya de 1965 con el gran Italo Giménez y aquél grupo de uruguayos que hasta le trajeron la marcha que identifica al club, más allá de la notable popularidad que alcanzó ahora el "aeeeaaa, yo soy sabalero" de Los Palmeras. Los grandes equipos de los '70, los sinsabores de los '80, la vuelta a la A en el 95, las clasificaciones a las copas, el estadio que hoy es un orgullo, el tropezón que no fue caída en el 2014, la extraordinaria e incomparable movilización a Paraguay y ahora esto, que aparece de una manera impensada después de ese bajón post-final con Independiente del Valle que puso a Colón casi de rodillas, hace 14 meses, con un promedio que preocupaba demasiado. Colón llega a la final de la Copa de la Liga Profesional. Para muchos, parece mentira, se pellizcan para saber si es un sueño o una realidad y lo disfrutan, se ilusionan y quieren colgarse por fin esa estrella que se les negó en la tormentosa tarde la Nueva Olla, para gritar a los cuatro vientos la frase que todos quieren escribir con mayúsculas y emoción: Colón campeón.




































