A sus ocho años, Celedonio Cornejo sabía lo que eran los sinsabores. Huérfano de madre, vivía con su padre en una humilde vivienda de General López y Rivadavia. Desde ese lugar salía todas las mañanas, con las primeras luces del día, para ganarse el pan a través de la venta de diarios. Actividad que, con un pequeño corte para el almuerzo, continuaba durante las tardes hasta que la oscuridad cubría aquella Santa Fe de 1928, cuyas principales calles conocía como la palma de su mano. El 29 de abril de ese año, mientras cumplía su rutina habitual, la vida de este pequeño canillita cambió para siempre.


































