Antonio Vigon está solo y desayuna despacio. Pasó en soledad los últimos días. Solo en el río, solo en un arenal, en otra orilla. La naturaleza y él. Ahora tiene un cacharro con un masacote pastoso que se lo mete en la boca con una cuchara. Tiene 58 años, es delgado y está sentado sobre un banco de cemento bajo el quincho de paja del club de Caza y Pesca, a orillas del río Colastiné. A un costado está su compañero, el kayak amarillo, un P&H Scorpio M. Y junto a la embarcación, su carpa iglú, que armó al atardecer para pasar la noche y descansar. Después vino la lluvia. Embucha otra cucharada y tiene la mirada perdida en las gotas que caen y caen, sereno, acostumbrado a esta soledad elegida para viajar. Son las primeras horas del día. Todo es naturaleza viva. Sobra oxígeno en el aire fresco que entró con la sudestada.
































