Ahora bien, todo lugar libre podía convertirse en un potrero o campito, o para decirlo de un modo más exacto , todo potrero o campito podía transformarse en una improvisada cancha de fútbol: un terreno baldío, un rincón desusado de la placita de la esquina, algún campito, el terreno bajo la autopista, el descampado que ofrecían las vías del tren y porqué no la misma calle de tierra o con mejorado de piedra, lugar donde, por el paso de un vehículo, se detenía el juego y tras el regreso se hacía un pique para darle continuidad al picado. Los arcos, lejos de ser verdaderos, se armaban con la ropa o bolso que no se utilizaba en el momento del juego. Un adoquín o un palito que se plantaba a base de golpes con un adoquín o ladrillo en desuso, además, quien escribe recuerda, que, solíamos jugar con mis amigos del barrio Loyola de Santo Tomé, con sus desniveles que hacía picar a la pelota de una forma endemoniada; los portones de los garajes y depósitos o las persianas de los talleres mecánicos, o la misma tienda de Doña Rosa, que cerraba para hacer una siesta, nos servían de arcos. El gol gana en el siete contra siete, siempre y cuando se armaba otro equipo. El dueño de la pelota, jugaba sí o sí, porque, caso contrario, el jugador en cuestión abandonaba el lugar y el único balón ya no nos pertenecía.