A más de cincuenta años de su muerte, hoy tal vez solo sea una figura difusa en el recuerdo de veteranos o aficionados. Pero en los primeros cincuenta años del siglo XX, Luis Arata (para la posteridad, “cara de goma”, apodo que obtuvo por su habilidad para mover sus músculos faciales) fue una de las figuras más populares de la escena teatral argentina, con destellos que más tarde pasarían al cine y a la televisión. Un actor histriónico, valorado por su capacidad para ganarse el corazón y la simpatía del público. Salvando las distancias, una especie de Guillermo Francella del siglo pasado.

































