La historia del Titanic tiene varias aristas que la vuelven interesante. No solo se trata de una de las tragedias marítimas más duras del siglo XX (de los 2.243 pasajeros, tan solo sobrevivieron apenas 705). Al mismo tiempo, emerge como una especie de lección de la propia naturaleza a la soberbia humana. El hundimiento del barco más seguro jamás construido puso de manifiesto que la idea del progreso sin límite, que nació en las últimas décadas del siglo XIX y se proyectó en el XX, no era tan sólida como parecía. La Primera Guerra Mundial, poco después, sirvió para amplificar esa premisa: el avance técnico y la preponderancia de la ciencia, finalmente, no eran garantías de un mundo mejor.


































