Los dinosaurios eran cosa de museos y de especialistas hasta que, en 1993, Steven Spielberg demostró que era posible traerlos nuevamente a la faz de la tierra, al menos en la pantalla. El cineasta que había moldeado ya al mítico “tiburón” unas décadas antes, adaptó una novela de ciencia ficción y aventuras de Michael Crichton y generó una “dinomanía” de escala planetaria. Tuvo varios efectos: gestó un éxito de taquilla tan grande como un Tiranosaurio rex, elevó el listón para el subgénero de “monstruos” en el cine y dio inicio a una franquicia que lograría proyectarse a lo largo de las décadas sin ánimo alguno de extinguirse, más bien todo lo contrario.

































