En un laboratorio cinematográfico que se realizó en el marco del Festival de Sundance (uno de los bastiones del cine independiente en Estados Unidos) de 1991, un veinteañero desconocido presentó un cortometraje en el prevalecían las tomas largas, donde el suelo o el inodoro ocupaban una porción significativa de la pantalla. Este recurso estuvo lejos de obtener el beneplácito de los directores que tenían a su cargo el taller. Solo uno, el ex integrante Monty Python, Terry Gilliam, confió en sus aptitudes y le brindó un apoyo decidido, que el joven fue capaz de aprovechar para su primer largometraje, que se estrenó en 1992 bajo el título “Reservoir Dogs”. De modo que Gilliam se convirtió así en uno de los responsables para el surgimiento de Quentin Tarantino, que en 30 años hizo necesario un adjetivo nuevo (“tarantiniano”) para definir su forma, muy particular de pensar el desarrollo de las películas.




































