Hay algo acerca del visionado de “Bebé Reno” que suele ir a contramano del resto de los productos audiovisuales. El inesperado éxito de Netflix es tan atrayente como difícil de masticar. Su contenido es angustiante, y necesita cierto proceso que impide verlo de un tirón más allá de que sus siete episodios que oscilan entre los 27 y 45 minutos de duración inviten hacerlo de ese modo. Una serie maratoneable, imposible de maratonear. O al menos si como espectadores, no queremos salir demasiados lastimados.
































