Hay una pregunta que me acosa desde que, siendo niño, un actor se subió al escenario en el club del barrio e imitó al cantante Alberto Castillo con sus gestos y ése tono tan particular de su voz. Era un sábado a la noche, sábado de Carnaval, se sucedían los números de aficionados hasta que llegase otra vez la orquesta típica. Sigue conmigo la pregunta: ¿para qué lo hacen? He podido vivir con la pregunta porque encontré alternativas. Si la vida les oferta una salida laboral por ese caminito bueno... allá va la cosa: es un trabajo. También bailaba dentro otra respuesta: les gusta. O lograron que, aquello que era una gracia de muchacho, muchacha de barrio, de club, del colegio, se convirtiese en una forma de vivir. Confesión: la pregunta no se fue. Convivo con ella pero, caramba, convivo con tantas preguntas sobre tan diversas cuestiones de la vida diaria que esta había quedado allá, detrás, en el caminito de ida del muchacho que fui, vamos, como tantos.


































