A la vez, todas y cada una de las actrices de Hollywood del momento se presentaban a las pruebas para interpretar a Escarlata. ¿Cómo no iban a querer hacerlo? En un mundo lleno de papeles de ingenua, de santa o de mujer fatal, Escarlata era tridimensional, una protagonista absoluta en forma de antiheroína egoísta, valiente, orgullosa, vulnerable y terriblemente humana plasmada de una forma que pocas veces se veía en el cine. Escarlata podía ser una zorra con algunas de las mujeres que la rodeaban, pero las salvaba de la miseria. También era una niña mimada preocupada solo por lo ajustado de su corsé, pero cuando llegaba la hora estaba a la altura de las exigencias, era capaz de partirse el espinazo y llenarse las manos de callos recogiendo algodón para salvar su casa, su familia y su tierra. Los requisitos que se pedían eran complejos: tenía que ser una actriz que pudiese interpretar un considerable rango de edad, desde a una adolescente coqueta a una mujer madura (para la época), empresaria y madre. Debía ser guapa y deseable, pero sin pasarse de despampanante. Se buscaba que poseyese cierta elegancia y aire aristocrático, pero también debía resultar solvente como una mujer destruida con la cara manchada de barro que se retuerce de hambre. Y, sobre todo, tenía que tener un inmenso talento, porque la película entera se basaba en Escarlata.