Hace más de 30 años, Santiago Amezaga y Javier Beltramo eran dos compañeros de escuela unidos por la pasión por la música. “Queríamos poner un negocio de CDs, pero nuestros padres nos sugirieron probar con ser disc-jockey”, recuerda Beltramo. Con apenas 400 dólares prestados, empezaron a invertir cada peso en equipos y en un sueño que pronto tomaría forma.


































