Bajo una temperatura que supera los 35 grados y sin brisa, un grupo de antropólogos forenses revisa 200 bolsas y contenedores en el cementerio de La Dorada, un municipio colombiano a orillas del río Magdalena, 200 kilómetros al noroeste de Bogotá. Las abren, extienden los cadáveres, buscan detalles, orificios, huellas de violencia, cotejan datos y toman muestras de pobladores. En esa labor, que es apenas el inicio de un trabajo de meses, está la esperanza de miles de familias que buscan a sus desaparecidos en el conflicto armado.































