Por Verónica Dobronich

Por Verónica Dobronich
Hay algo que está pasando en el cine y no es solo una decisión creativa. Cada vez más películas repiten el argumento, explican lo que ya vimos y ponen en palabras lo que antes se entendía por contexto, gesto o silencio. Como si el guion no confiara en que el espectador estuvo realmente ahí.
Y tal vez no se equivoquen. Vivimos hiperconectados, sobreestimulados y con la atención fragmentada. Miramos películas mientras respondemos mensajes, revisamos redes o pensamos en otra cosa. Volvemos a la pantalla y necesitamos que alguien nos recuerde quién es quién, qué está en juego y por qué importa.
El problema es que cuando el cine empieza a sobreexplicar, algo se rompe. No solo en la narrativa, sino en la experiencia emocional.
Durante años, el cine fue un espacio de entrenamiento atencional: observar, inferir, esperar. Hoy parece adaptarse a una audiencia que ya no puede —o no quiere— sostener ese esfuerzo.
Desde la neurociencia sabemos que la atención no es infinita ni automática. Es una habilidad que se entrena o se pierde. El neurocientífico Daniel Levitin lo explica con claridad:
“La atención es el recurso mental más valioso que tenemos, y el entorno digital está diseñado para secuestrarla constantemente.”
Cuando entrenamos al cerebro a vivir interrumpido, le quitamos la capacidad de sostener historias complejas. Y eso tiene consecuencias que van mucho más allá del cine.
El exceso de explicación empobrece. Le quita al espectador el placer de descubrir, de completar sentidos, de involucrarse emocionalmente. Todo queda servido, masticado, subrayado.
Pero la pregunta incómoda es otra:
¿el cine está bajando la complejidad o simplemente se está adaptando a una audiencia que ya no tolera la pausa, la duda o el silencio?
Porque entender una historia no es solo una cuestión cognitiva. Es una experiencia emocional. Requiere presencia, disponibilidad interna y algo cada vez más escaso: atención sostenida.
No es casual que esta tendencia aparezca en un contexto donde también cuesta:
• Escuchar sin interrumpir
• Leer textos largos
• Sostener conversaciones profundas
• Tomar decisiones sin estímulos constantes
La atención es la puerta de entrada a la emoción. Donde no hay atención, no hay profundidad. Y donde no hay profundidad, todo necesita ser explicado una y otra vez.
Quizás el verdadero problema no sea que las películas expliquen demasiado, sino que nosotros ya no estamos entrenados para mirar. Para estar. Para quedarnos.
El cine siempre fue un espejo cultural. Si hoy nos repite el argumento, tal vez no sea por falta de creatividad, sino porque refleja una sociedad cansada, dispersa y emocionalmente saturada.
Y la pregunta final queda abierta, no solo para guionistas, sino para todos nosotros: ¿queremos historias que nos exijan presencia o contenidos que se adapten a nuestra distracción?
Porque si todo necesita ser explicado, tal vez lo que está en crisis no sea el guion… sino nuestra capacidad de atención.




