Para calibrar la importancia del patio en la cultura marroquí, se dice que cuando se construye una vivienda primero se hace un patio, y después la casa para acompañarlo. Como si la casa fuera un mero añadido a lo importante, el patio. Lo cierto es que los patios íntimos de las casas en la medina (el casco antiguo de las ciudades marroquíes) son espacios que cautivan. En un patio mínimo y oculto se pueden concebir destinos lejanos. Quien está acostumbrado a quedarse en algún patio sabe que es un espacio propicio para las conversaciones lentas y las intuiciones fulgurantes. En la ciudad de Tánger hay una proyección de este patio privado, reservado para unos pocos amigos, reflejada en un patio común; este patio compartido es lo que llaman El Zoco Chico. Se trata de una pequeña plaza rodeada de cafés que constituye una imagen ampliada de ese patio recóndito que no vemos, pero que dicta la urbanidad y la sociabilidad. La atracción que se genera alrededor de la fuente en el centro del patio define a la casa, y las casas al callejón, y las calles a la ciudad, y la ciudad a los rostros. Rafael Cansinos Asséns escribió que los patios son el corazón de las casas; y Alberto España, en La pequeña historia de Tánger, que el Zoco Chico -ese patio compartido- es el corazón de la medina. En esta tradición urbanística no hay grandes ventanas, todo va dirigido hacia el interior, y la apertura por donde ingresa la luz y transcurre el agua es el patio.



































