Levanto la mesa. Coloco los platos en la pileta y vuelvo al jardín. El sol de fines de agosto expande su promesa de una primavera fecunda. El tomillo tiene un despertar de flores y me sorprende la discreta arrogancia del rosal al lucir sus pequeñas hojuelas rojizas. Me siento a disfrutar de los albores de la siesta y de la última copa de vino, con él. Jugando con la transparencia del cristal, el líquido púrpura y voluptuoso derrama sus misterios embrujando los sentidos. El tiempo queda suspendido en los matices de su voz, suave, pero firme, impregnando sutilmente las hebras del silencio. Miro su boca. Sus labios encadenan cada letra con geométrica precisión, dibujando los sonidos. Mi mente va penetrando lentamente por esa húmeda cavidad añorando la tibieza de un gesto de amor. Ya no nos besamos tanto, y es una pena, reflexiono con nostalgia. Lo escucho pero intento volver a mí, despegarme del influjo seductor que arrastra mis pensamientos a la oquedad de su garganta. Parpadeo, consciente de la eternidad que se fragmenta en ese segundo de oscuridad.



































