En el corazón de este planteo aparece una de las grandes intuiciones de su pontificado: poner en el centro la vulnerabilidad humana. A lo largo de sus años como Papa, Francisco denunció con insistencia la llamada cultura del descarte, esa lógica que mide el valor de las personas según su utilidad, su autonomía o su eficiencia, y termina dejando a muchos al margen: los frágiles, los dependientes, los que no producen, los que no encajan. Frente a esta mirada excluyente, Francisco propuso una cultura del cuidado, donde la fragilidad no se oculta ni se elimina, sino que se acompaña. Allí donde hay límite, necesidad del otro y tiempo compartido —insistió— puede nacer una humanidad más verdadera.