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La vuelta al mundo

Juan XXIII, el Papa bueno y algunos malentendidos

Por Rogelio Alaniz

Juan XXIII, el Papa bueno y algunos malentendidosJuan XXIII, el Papa bueno y algunos malentendidos

Martes 20.5.2014
 23:43
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por Rogelio Alaniz

ralanizl@ellitoral.com

Fue un Papa bueno, pero también fue un Papa inteligente y culto. Sólo los tontos pudieron confundir su bondad con ingenuidad o simplismo. Él mismo se ocupaba de advertir que su conducta humanitaria no era un don, sino la consecuencia de un modo de vivir el Evangelio, la fe y su relación con Cristo. Siempre dijo que su máxima aspiración era la de ser un párroco de pueblo. Era cálido, afectivo, le gustaba conversar con la gente, compartir la mesa con un vino y una pasta y se interesaba sinceramente por la vida de los otros, por sus dolores y sus alegrías, por sus esperanzas e infortunios. Hijo y nieto de modestos campesinos, sabía de los rigores de la pobreza en carne propia y, como nos gusta decir a los argentinos, tenía calle, un oído muy sensible para percibir el rumor de la gente del pueblo. Puede que la Curia del Vaticano haya creído que podía manejar a un Papa que por su edad y estado de salud no estaba destinado a durar mucho tiempo. No se equivocaron con su salud, pero se equivocaron de punta a punta con la pretensión de controlarlo. Según testimonios de la época, el cardenal Alfredo Ottaviani estaba convencido de que se trataba de un inocente párroco de aldea preocupado por conversar con los jardineros del Vaticano y los guardias suizos. Los contadores se molestaron cuando tomaron conocimiento de que había autorizado aumentos de sueldos a los trabajadores. Los tranquilizaron diciéndoles que había que dejarlo al viejito Roncalli a que se dedicara a esos menesteres menores, así la burocracia de toga se dedicaba a tomar las decisiones trascendentes. Pronto Ottaviani se dio cuenta de que no le iba a resultar tan fácil a la Curia que él representaba imponerle su voluntad. Juan XXIII se sentó en la silla de San Pedro el 4 de noviembre de 1958. Había sido elegido por el Colegio Cardenalicio el 28 de octubre luego de cuatro sesiones en las que en las dos primeras su nombre no había sido votado por nadie. Se dice que la disputa entre candidatos italianos y de otros países europeos dio lugar a que se votara a un candidato que por edad no durase mucho y que por temperamento no despertara demasiados recelos. Ese mismo 4 de noviembre llamó la atención su decisión de impedir que le besen los zapatos, o que le molestase que en las reuniones los laicos le hablaran arrodillados. Pensaron que eran ñañas de cura campesino. Sin embargo, el 25 de enero de 1959, dos meses y medio después de su ascensión, los sinuosos, intrigantes y talentosos miembros de la Curia descubrieron que el Papa Bueno era algo más que un curita bondadoso y que la transición iba a ser -en tiempos históricos- mucho más prolongada de lo que ellos suponían o deseaban. La revelación se produjo cuando en la Basílica de San Pedro Extramuros y con la presencia de treinta y siete cardenales que en esos días estaban en Roma, anunció la convocatoria a un Concilio Ecuménico. Cualquier cosa esperaban los funcionarios vaticanos, menos eso. Por supuesto que intentaron disuadirlo. Imposible. El curita bueno, como todo campesino, era porfiado y no hubo modo de torcerle la voluntad. Alguien le sugirió que un Concilio necesitaba por lo menos de diez años para implementarse. La respuesta fue terminante: antes de que finalizara 1962 el Concilio estaría funcionando. Y efectivamente así fue. El 11 de octubre de 1962 se iniciaron las sesiones con la presencia de alrededor de tres mil obispos de todo el mundo y la asistencia de pastores de iglesias protestantes, sacerdotes ortodoxos, laicos y teólogos. Un verdadero escándalo para los caballeros de la Curia, algunos de los cuales llegaron a profetizar que estaban asistiendo al fin de la Iglesia Católica. Sería una exageración decir que el Concilio salió exclusivamente por voluntad de Juan XXIII. O que toda la Curia estuvo en su contra. Es verdad que lo sabotearon, que a través de señales, rumores y decisiones invisibles pusieron trabas y trataron de restar importancia a algunas de las iniciativas, pero no es menos cierto que un número significativo de cardenales lo apoyó desde un primer momento. Y otro número importante de la Curia se sumó luego a sus esfuerzos, sobre todo cuando se dieron cuenta de que la cosa iba en serio y que no convenía subestimar o ningunear al modesto curita de pueblo. Hoy se admite que el Concilio Vaticano II fue el hecho más trascendente de la Iglesia Católica en el último siglo. A su manera marcó un antes y un después y, más allá de excesos o desbordes previsibles, hay un amplio consenso en reconocer su trascendencia, recuperada o fortalecida luego de la llegada del Papa Francisco, llamado a establecer la síntesis definitiva. Juan Pablo II y Benedicto XVI, ¿lo negaron? No lo negaron, pero en su esfuerzo por poner límites a sus excesos, en algún momento dieron lugar a que se intentara recortar sus líneas más progresistas. El debate existió, las diferencias fueron reales, pero en ningún momento se desconocieron sus enseñanzas y, sobre todo, los aportes del Concilio a la Iglesia. Las diferencias fueron muchas y excedería los alcances de esta nota enumerarlas. Básicamente podría decirse que durante las sesiones del Concilio hubo tres temas que fueron interpelados por los “conservadores”: el ecumenismo y las inconcebibles concesiones a las iglesias protestantes; la paz, y el manejo político imprudente que terminaba haciéndole el juego al comunismo; y la pobreza, sobre todo la reducción a una exclusiva variante económica, perdiendo de vista una perspectiva que fuera más allá de las diferencias clasistas preferidas por los marxistas y la izquierda en general. A las diferencias sociales y políticas se sumaron las diferencias teológicas, algunas de ellas -si le vamos a creer a Lefevre- insalvables. Básicamente, los conservadores insistían en que la fuerza de la Iglesia proviene de su sometimiento a las tradiciones y que desconocer este dato significaba romper el equilibrio interno que le permitió a la Iglesia sobrevivir durante dos mil años. Un Papa campesino como Juan XXIII no podía desconocer estas verdades, pero consideraba que la Iglesia -si quería ser ella misma- debía esmerarse en cambiar, aggiornarsi, como le gustaba decir. El cambio -sostenía- era inevitable, pero era, además, una señal de Dios que los creyentes debían saber percibir De todos modos, sería injusto -o por lo menos incompleto- reducir la gestión de Juan XXIII a la convocatoria del Concilio Vaticano II. Puede que efectivamente haya sido su decisión más trascendente, pero ella en todo caso perfeccionó un conjunto de iniciativas que con la perspectiva del tiempo sorprenden por su rigurosa coherencia. El supuesto Papa de la transición redactó en menos de cinco años ocho encíclicas, dos de las cuales merecen calificarse de históricas: Mater et magistra y Pacem in terris. También en estos textos hubo un antes y un después. Cuando empezó a nombrar cardenales en diferentes partes del mundo, los conservadores de la Curia advirtieron que el Papa de la transición y el viejito bueno, había sido una exclusiva fantasía de ellos. No sólo decidió designar cardenales, sino que amplió el Colegio Cardenalicio como nunca se había hecho antes. Tarde, comprendieron los tradicionalistas que Roncalli estaba creando las condiciones para asegurar su sucesión y el destino del Concilio. Por supuesto que los pasos dados los hizo con su clásica sabiduría y prudencia campesinas, porque también sus adversarios internos más empecinados fueron ascendidos. El propio Ottaviani fue designado secretario del Santo Oficio, una responsabilidad no muy diferente a la de Ratzinger veinte años después. Roncalli sabía mejor que nadie que no le quedaba mucho tiempo de vida, por lo que dio los pasos necesarios para que su tiempo histórico trascendiera su tiempo biológico. La primera designación llamó la atención a todos y escandalizó a los más tradicionalistas. Se trataba del arzobispo de Milán, un sacerdote impugnado por la jerarquía por sus ideas progresistas. Se llamaba Giovanni Montini, es decir, el futuro Pablo VI. “Nunca aspiré a ser otra cosa que un modesto curita de aldea”, decía con su juguetona sonrisa campesina Angelo Giuseppe Roncalli a un severo y demudado Alfredo Ottaviani. (Continuará)

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