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Antes que me olvide

La pensión de doña Hortensia

Algo ha pasado después de La Peste en el mundo y algo con nosotros,… conmigo. Pongo las manos en el bolsillo, camino al sol y pregunto distraído, sin mirarlo pero aceptándolo, al aire del estío: ¿La nueva cultura guardará aquellos tangos, esa foto, la cara de Evita, el gol en la cancha del Centenario, en Barrio Santa Rosa de Lima?

La pensión de doña HortensiaLa pensión de doña Hortensia

Jueves 9.1.2025
 21:41
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Raúl Emilio Acosta
Por: 
Raúl Emilio Acosta

Había una versión en un costado de mi familia que sostenía que yo fui adoptado. Nacido en 1944, en Barrancas, consultorio de médico amigo de la familia a los pocos días, cuando se pudo, mi madre viajó a Santa Fe.

Allí viví los años más prósperos a la imaginación que se corresponden con la infancia en tres sitios de un mismo río: Santa Fe, Coronda y Barrancas (…y "Puerto Aragón"). Siempre el agua a la izquierda yendo hacia el mar.

Mi madre me tuvo con 36 años y sostenían mis primas que la adopción era por eso, matrimonio de muchachos grandes y el huerfanito cubriendo ausencias. Mi madre perdió un embarazo en el sexto mes de gestación -discutieron si correspondía velatorio o no- de un par de mellizas, casi cuerpitos verdaderos, cuando mi madre tenía 40 años.

Yo escuché todo. No sé si eso refuerza que estaba viva su capacidad de gestar, pero nunca me hice análisis de nada sobre ese tema. Allá mis primas con lo suyo.

El fantasma lo alejé con un convencimiento, soy hijo de un país, el mismo que ahora se deslíe. Si lo prefiere: soy hijo del entusiasmo de un país que ya se veía venir. Soy del 40. Que se venía venir pero que ahora chau, se va.

Siempre leí. "El que lee crece", decía mi madre. Hay dos épocas en las letras: año 1926 donde todo se escribe y todo brilla: Borges, Tuñón, Güiraldes, Fray Mocho, Leónidas Barleta, Spilimbergo, Arlt, el primer Discépolo y el primer Cátulo Castillo a medias con su padre, José González Castillo. Ojito: en 1924, Pablo Neruda.

Después la Generación del 40, las revistas, la guerra, la lectura de uno y otro bando y Sur. Esos vientos te quitan las ganas de saber quién te trajo al mundo y sí, seguro que sí, saber muy bien quien te cuida y te abraza.

Confieso que Neruda aun me exalta y enciende. Que soy de los que leen. Muchas cosas comienzan sin que sepa muy bien donde terminarán. Leer es una puerta abierta. Sigue así.

En la pensión de doña Hortensia, barrio sur, mis viejos comenzaron a vivir como pareja, la libreta de casamiento es lo que me recuerda la fecha: 1941, yo no estaba. De allí a una casa sobre calle Vera, Gobernador Vera, con garaje que se sub alquilaba, puerta de lata, jardín al frente y la galería de esas casas chorizo de habitaciones a un lado de la galería, así, una tras otra hasta el final.

En la parte de atrás, el final que no era final, pasando el comedor diario y la cocina, dos mandarinos, un manzano, un duraznero y dos naranjos, uno de "naranjas de ombligo", sin semillas.

Esas naranjas deben tener un nombre riguroso, que desconozco. A mi casa venían todos los pibes del barrio de aquella infancia como dije, con los años más prósperos en la imaginación, para sostener una indigestión invernal con mandarinas verdes, mientras "comé nene", me empujaba mi madre con dulces y dulces de manzana, durazno, naranjas y la frase: "sonso, no sabés lo que te perdés".

Nunca, con el significado de la palabra nunca sin retroceso, probé un dulce casero.

Un colectivero y una maestra de escuela relegada a establecimientos de los arrabales era poco pero era todo. La casa alquilada a la familia Testi siguió así hasta que nos fuimos. Renovar el alquiler no era un litigio, era un trámite necesario.

Están, para todos, esas cosas que la vida ordenó antes que uno llegase y así estaba el favor al barrio, la casa tenía teléfono y el teléfono se prestaba y se cobraban aquellas llamadas a pueblos de otras provincias; también se hablaba a otros barrios alejados, esas sin costo. "Présteme el teléfono". "¿Me presta el teléfono?" "Permiso". No todos tenían teléfono: 30878.

Olvidar ése número es olvidar la pared donde se colgaba, el gancho del audífono y el parlante, y el disco donde -entonces sí- se discaban los números.

Cuando el peronismo puso las cosas de un modo claramente distinto apareció la heladera. Todas las leyes sociales en la década del 40. Sueldo seguro. En esa casa crecían las necesidades de una cooperativa de colectiveros que la Revolución de 1955 degolló.

Aparecieron empresas diferentes de transporte urbano y el viejo tomó parte en esas dos líneas nuevas que iban una para allá, con números rojos, y la otra para acá, con números verdes.

Una vez, la juventud me lleva al recuerdo de la mano de mi viejo, fui a la cancha de Colón de Santa Fe. El viejo era tímidamente hincha de Huracán, por Perón aceptaba a Racing, pero yo era de Colón de Santa Fe. Él también. No recuerdo nada y sin embargo recuerdo todo. Día sin sol y esa mujer en la cancha, aplausos, gritos. Punto.

Años después entendí que un DNU llevó a Colón a los campeonatos de AFA y que esa mujer se lo había pedido a Ramón Cereijo, que manejaba el fútbol argentino y que Evita tenía, por años, un círculo de pintura blanca en la tribuna, donde supuestamente se sentó. Allí nadie se sentaba.

Cada vez que puedo pido la foto a Prensa de Gobernación, porque en el archivo de Casa Gris está. ¿Cómo sabía? ¿Por qué duró tan poco? ¿Qué cosa la convirtió en estampita?

Hay un tango de la mismísima década mencionada donde la letra dice: "niebla del riachuelo" y algo de eso pasa cuando evoco aquel sitio en esa cancha, ya con el peronismo decidiendo una mejor vida para mis zapatos, mi escuela, los libros.

El tango es de 1937 y todo se cruza: lo estrena Tita Merello. Hay otras nieblas, las que describía Neruda: "Abandonado, como los muelles en el alba (…)", los veinte poemas y la canción desesperada es un libro que leí en la Biblioteca Pública, que estaba en el centro de la ciudad.

Biblioteca pedagógica o pública, no lo sé, recordar tanto es mucho para la bruma dónde están esas voces y mi viejo llevándome de la mano a la cancha allá, en la punta de la ciudad, donde aún sigue apareciendo la pobreza como el estandarte sin dobleces… con poco rencor y sin perdón, obvio. El Centenario. El río Salado.

Llegar a Barrio Santa Rosa de Lima era entender la arena de la última caminata hasta el estadio, también el misterio de una calle que se perdía hacia el agua que varias veces inundó la cancha.

Elegir a Colón y al peronismo es similar. Llorar por esas hermanas que no fueron y mi abuela atendiendo a mi madre hasta que se repuso, es parte del cine que ven mis ojos cuando los cierro. No soy un huérfano, soy parte de una inmensa colmena entusiasmada. Se fueron dos hermanas enterradas sin nombre.

No sabía que eso, todo eso que la bruma acomoda, era la valija impostergable con la que viajo. "En la infancia de niebla mi alma alada y herida. ¡Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!" Ese es Neruda pleno.

"Sombras que se alargan en la noche del dolor... Náufragos del mundo que han perdido el corazón (…)". Ese es Enrique Cadícamo, que da el tono y cierra así: "Niebla del Riachuelo, amarrado al recuerdo yo sigo esperando". Todo, todo eso entraba a mi casa y se quedaba en la mesa de la cocina, en la mesa de luz, en el sillón.

Era un Siglo que se convertía en posible. Nunca tuve miedo de perder las nostalgias y deseo citar a Chico Buarque: "(…) Es un barco cargado que no tiene puerto donde recalar", así define a la nostalgia y es grato robarle el concepto que explica lo que el pecho encierra.

¿Cómo era esa pensión? La pregunta a mi madre era directa. El viejo nunca contestaba. "Doña Hortensia era buena -contestaba mi vieja- tenía dos hijos barulleros que revoloteaban por ahí, una parra en el medio del patio y yo le cebaba mates a tu padre". Por años le cebé mates dulces a mi padre y tomé mate amargo con mi abuela.

Mi viejo fumaba siete cigarrillos por día, ni uno más, con boquilla Crisol y encendedor "Carusita", en una cajita de lata el algodón embebido en bencina, una mecha de hilo trenzado y piedra para la chispa. Igual murió de cáncer.

¿Cómo era cocinar, cocinabas vos…en lo de doña Hortensia? "Había puchero, sopa, milanesas, fideos y verduras".

Mi madre se perdía en los recuerdos y armaba las carpetas de trabajos. En esos años las maestras llevaban un cuaderno de tareas diarias, otro con las pruebas trimestrales y los informes y presentaban esos trabajos a la dirección que los llevaba hasta la "Inspección de Escuelas".

Yo leía a Neruda: "Del aire al aire, como una red vacía, iba yo entre las calles y la atmósfera, llegando y despidiendo, en el advenimiento del otoño la moneda extendida de las hojas, y entre la primavera y las espigas, lo que el más grande amor, como dentro de un guante que cae, nos entrega como una larga luna". Machu Pichu es un territorio soberano.

Algo ha pasado después de La Peste en el mundo y algo con nosotros,… conmigo. Pongo las manos en el bolsillo, camino al sol y pregunto distraído, sin mirarlo pero aceptándolo, al aire del estío: ¿La nueva cultura guardará aquellos tangos, esa foto, la cara de Evita, el gol en la cancha del Centenario, en Barrio Santa Rosa de Lima?

En el atardecer de aquel país escuchaba: "Hijo, esta casa es más linda". Lo decía mi vieja, casi para sí, al cerrar las preguntas. Ofertaba otra vez el dulce de duraznos y ante la negativa… la sentencia: "Sonso, no sabés lo que te perdés".

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