Me enamoré la primera vez que la distinguí detrás del vidrio. Era una mañana fresca de otoño, linda para andar con el gorro hasta las orejas y la bufanda entibiando el cuello con su caricia de lana suave. Yo caminaba distraída, un poco triste por la desilusión y el hastío. Un hombre me dolía en el corazón como esas espinas diminutas que cuesta sacar. Y de repente la vi. Parecía estar sentada, concentrada en algo. Su pelo largo se deslizaba por el hombro y su piel diáfana lucía el encanto sutil de la flor del durazno. La madurez se vislumbraba no solo en la serenidad de algunas pocas arrugas sino también en el gesto dulce de su boca. Tenía la frente inclinada levemente hacia abajo. Tal vez leía un libro o bordaba un mantel. Su casa era moderna, con grandes ventanales y un jardín acotado donde coqueteaban las margaritas y los rosales.




































