Cualquier entrenador que pierde tres partidos consecutivos, no duda en cambiar. Algunos pegan un volantazo o patean el tablero, como se dice en la jerga futbolera, y quizás modifican medio equipo cuando se sienten apremiados por una cadena de malos resultados. Esto no pasa con el Kily González. Y si le buscamos la parte razonable de su decisión, hay que pensar sobre todo en el mejoramiento que tuvo el equipo en el partido con Huracán, cuando fue más que el rival.




































