La fecha 26, cuando Unión visitó a Atlético Tucumán y perdió 1 a 0, fue el comienzo de una racha impactante. Muchas veces se contó que bastante antes hubo una fuerte charla en la vieja cancha de básquet que tenía el club, detrás de la platea principal y donde hoy está la playa de estacionamiento. “Nos juntamos y nos dijimos las cosas que teníamos que decirnos”, contó alguna vez el Pepe Castro. La llegada de Madelón para la segunda rueda fue clave, pero ya el equipo había empezado a funcionar. El 4-3-1-2 se encontró a partir de algunas decisiones clave del entrenador. Carlos González había llegado de “9” y terminó siendo un “8” potente, dinámico, de ida y vuelta, laborioso en la recuperación y con llegada. Recuerdo una charla con Zuccarelli antes de aquellas finales, cuando le pregunté cuál era el jugador que más había crecido en todo ese tiempo. “¡Carlos González!”, exclamó el Flaco, sin dudar. Y también el hecho de haber encontrado, en Víctor Manuel Rabuñal, a un jugador capaz de hacer muy bien el carril por el otro costado, aún superando su condición de diestro y dejando abierta, con inteligencia, toda la banda para que aparezca el Gringo Humoller, un verdadero tractor —al igual que el Negro Altamirano— para provocarle sorpresa y disgusto al rival.