Era la tarde del lluvioso miércoles 28 de septiembre de 1983. La ciudad sufría el castigo de una gran inundación, una más de su karma. Evaristo Franco, el renacido, al igual que la mayoría de los vecinos de Alto Verde, había escapado de la amenaza del agua junto a su familia para refugiarse en los vagones de trenes de la Estación Belgrano. Aquella tarde gris y ventosa ese joven de 36 años dedicado a la pesca y a hombrear bolsas en el Puerto le dijo a su hermana: “Voy hasta el barrio para ver cómo está la casa”. Tomó su bicicleta, pedaleó con rumbo Este los 200 metros que lo separaban del Puente Colgante y avanzó a pie por el gigante de hierro porque las tablas le impedían atravesarlo en bici.




































