-Estás contando los '90. A mí me tocó pasar una etapa en la Universidad y la última como becario del Conicet, y fueron épocas muy tristes para la ciencia. Entendamos que la ciencia es un proceso que lleva su tiempo; esto no es, me siento y "Eureka!", inventé algo. Es un proceso muy largo, minucioso, terriblemente técnico y, finalmente, se puede llegar a algún producto que pueda ser comercializable. Pero ése no es el fin de la ciencia por sí misma; en todo caso es una ventaja que, al conocer algo, podamos hacer otros desarrollos, como el que usamos ahora para comunicarnos a través de un celular. Con respecto al desarrollo, cuando cortamos el proceso de investigación, tiramos por la borda toda la inversión previa para llegar al producto. O sea, cuando estamos cerca de encontrar algo o de resolver alguna problemática, otra vez cortan los financiamientos o aparecen estas miradas distópicas de la realidad que terminan haciendo que todo ese trabajo previo quede en la nada. Y entonces, las investigaciones que se están desarrollando en distintos países en temas similares, viene alguien que está a la par tuyo y lo termina capitalizando. Y cuando es una patente o un proceso, ahí es donde se nota la soberanía que estamos perdiendo por no tener el recurso necesario.