Federico Ariel atiende el teléfono desde su residencia en París, en el sur de la gran Ville Lumière, donde hay una frondoso parque lleno de árboles y ornamentaciones "a la francesa". En viviendas contiguas, están parando investigadores como él pero de todo el mundo. Como vivió seis años en Francia, dice sentirse allí como en su "segunda casa". Y admite que luego de recibir el premio de la UNESCO, aún no le cae la ficha de la trascendencia que tiene para su carrera.


































