Todo transcurre en el Ala Oeste de El Molino Fábrica Cultural, primer piso. En un sector, los médicos y estudiantes de medicina; cada uno con su barbijo quirúrgico, con su café, con algún mate frío estancado por varias llamadas atendidas. Alcohol líquido diluido y en gel por todos lados. Cada integrante, con sus audífonos puestos, escuchando. Una de las ventanas está tapada con una serigrafía parecida a un óleo de Emilio Pettoruti: es el rastro nostálgico de un lugar que nació para la cultura, pero claro: la pandemia obligó a reconvertir todo, al menos por ahora.






























