Martín tiene 45 años y le llegó el turno de vacunación contra el covid-19. Está en la fila de gente citada en La Esquina Encendida. Lo hacen pasar, chequean su identidad y lo derivan hacia un puesto donde lo espera Nadia, una enfermera. Su rostro está "escondido" detrás del kit sanitario. Tiene una cofia en la cabeza, guantes, barbijo, un camisolín y un cubre calzados. Martín se sienta, descubre su brazo derecho y ella extrae una jeringa, toma del frasquito la vacuna, se la aplica al enésimo paciente de la jornada. Le tocó la Sputnik V. Agradecido por "el increíble operativo de vacunación", dice, Martín se va a otra silla a esperar 10 minutos antes de volver a su casa. Mientras que Nadia, quien ya vacunó desde temprano a cientos de santafesinos, activa una vez más su protocolo que repite tres veces al día y se vuelve a cambiar con otro kit sanitario. El que tenía puesto va a parar a una bolsa roja, al igual que el tarro con la aguja, el frasquito y todo lo usado para vacunar. Lo mismo repiten el resto de las 100 enfermeras y demás trabajadores que vacunan allí, en el gimnasio frente a Don Bosco.



































