El primero de los protagonistas es Henri de Toulouse-Lautrec, el genial pintor postimpresionista. El mismo que dijo que “siempre y en todas partes la fealdad tiene sus acentos de belleza, es emocionante descubrirlos donde nadie los ve”. El hombre que logró, a través de sus trabajos, sintetizar la vida nocturna de la jubilosa París de su tiempo, el último tramo del siglo XIX. En especial, del Montmartre bohemio, sus cabarets, teatros y burdeles. El segundo es Oscar Wilde, agudo y satírico observador de la sociedad inglesa de la misma era. Ambos unidos por la pasión artística y una común empatía por los marginales. El resultado del cruce: un retrato del escritor inglés realizado por el pintor francés, donde el autor de “El retrato de Dorian Gray” aparece más viejo, apenado y macilento que en las imágenes que de él se conservan, donde suele aparecer con una postura altiva, desafiante y algo displicente.




































