En las últimas décadas del siglo XIX llegaron a la Argentina varios millones de inmigrantes. El joven y pujante país parecía más prometedor que la desgastada Europa de aquel entonces. En esas oleadas, desembarcaron varios artistas plásticos que trajeron consigo conocimientos y habilidades que compartieron, en general a través de academias privadas, con nuevos discípulos. En Santa Fe hubo muchos europeos que marcaron un primer surco (cabe la metáfora agrícola si se consideran las características del país en ese tiempo, asentado en su rol de exportador de materias primas) que luego sería profundizado por esos aprendices. Es el caso de Pedro Blanqué, el protagonista de las líneas que siguen.



































