El holandés Johannes Vermeer, al igual que otros artistas que luego fueron reconocidos como genios, no gozó durante su vida de las merecidas mieles del éxito. A diferencia de sus coterráneos como Rembrandt, el reconocimiento que logró fue exiguo si se toma como parámetro la calidad que alcanzó en sus trabajos. Recién en el siglo XX se lo midió con la vara más adecuada y de esa forma se lo ubicó, con justicia, entre los principales maestros de la etapa que se conoce como el barroco holandés, donde prevalecieron también Hals, Steen y van Ruisdael. No tanto por la cantidad, sino por la calidad y contundencia de sus cuadros.



































