Hubo un tiempo, hace menos de cien años, en que a dos artistas excepcionales como Remedios Varo y Leonora Carrington se les permitía estar en la sala, pero calladas. Los surrealistas las invitaban a sus reuniones en París de los 30 con la condición de que escucharan sin intervenir. El círculo de André Breton tenía un lugar para las mujeres: musas.






































