“Son recuerdos que no voy a borrar”, dice la canción. Y sentado frente a la computadora, uno busca la mejor forma de empezar, aceptando de antemano que cualquiera (de esas formas) que se elija corre el riesgo de ser incompleta, inconformista. Por eso, me quedo con aquella en caliente, cuando Montiel todavía sostenía su corrida gloriosa y se sacaba la camiseta luego de marcar el penal definitivo, cuando Messi se derrumbaba en la mitad de la cancha y allí se armaba el ramillete de brazos que se confundían alrededor del enorme capitán y cuando Lusail se convertía en una gigantesca olla de luz en efervescencia, en la que se mezclaban los gritos, los cantos y las lágrimas argentinas. “Argentina campeón del mundo: la frase más linda que escribí en mi vida”, fue lo que surgió allí, apenas esa pelota de Montiel desde los doce pasos engañó la estirada de Lloris y decretaba el final de un partido para el infarto, en ese sector de prensa en el que no sabíamos qué hacer, si gritar y llorar cómo y con la gente, confundirnos en decenas de abrazos o empezar a apurar los envíos periodísticos a un país que estallaba de emoción e iniciaba un histórico e inolvidable festejo. Me quedo con esa frase, escrita en caliente, con el corazón y no con la razón, con el sentimiento y no con la cabeza. En definitiva, lo más puro y genuino que se pudo sentir en ese momento, mientras millones de imágenes y personas se nos pasaban a todos delante de nuestros ojos.
































