Hay algo que no te lo puede dar ningún simulador, por más realista que sea. Ese cosquilleo de fichín, el sonido seco del botón, la ilusión de que con una jugada imposible podés torcer la historia. Beat the Champions aparece ahí: en la nostalgia que no envejece y en el deseo de un pibe que todavía patea en la esquina de su casa.































