La fecha del 29 de abril de 2003 dejó una huella indeleble en la ciudad de Santa Fe. La tragedia de la inundación no solo marcó un antes y un después para quienes la vivieron en carne propia, sino que también dejó profundas cicatrices en las generaciones posteriores. Hoy en día, la mayoría de los jóvenes que asisten a las escuelas no habían nacido cuando ocurrió la inundación, lo que hace que las aulas sean un lugar fundamental para aprender y reflexionar sobre lo sucedido, fortaleciendo así la memoria colectiva.





































