Una obra que desnuda un real, que interpela y que invita a cuestionar las formas en que reproducimos los fragmentos del discurso amoroso, aquel que nos habla desde siempre y que nos habita en la microfísica social, en aquellos arquetipos que reproducimos con o sin reproducción. El que nos transmitieron en la familia. El que nos transmitieron en Hollywood, en las telenovelas del mediodía o por la noche. El de las canciones que bailamos desde siempre. El de la religión. El del hombre que provee y la mujer que espera. El del hombre que acumula estadísticas y el de la mujer que justifica y compite. El del hombre que no llora y la mujer que sufre. El del hombre que goza, porque la mujer está hecha para su goce. El del hombre amo y la mujer esclava. El de la mujer que espera, que la elijan y podemos seguir. En esta cultura desigual, que la obra desnuda, no hay dudas que el drama es inherente al amor. La obra invita a deconstruir la fuerza centrífuga de la espera, porque como dice Luciana Peker: “no hay que esperar más”.