En 1962 dos cineastas europeos se encontraron para realizar una serie de entrevistas. Uno era francés y tenía apenas 30 años. El otro era inglés y había pasado los 60. Pero tenían algo en común: habían gestado ya películas de tal gravitación que el cine ya no volvió a ser lo mismo. Uno (el entrevistador) se llamaba Francois Truffaut. El otro (el entrevistado) era Alfred Hitchcock.


































