Si existe un personaje de origen literario que ha calado profundamente en el mundo occidental desde fines del siglo XIX ese es el conde Drácula, convertido hoy en un ícono popular de irresistible potencia. El mérito principal es de Bram Stoker, quien creó la novela homónima que se publicó en 1897 para describir la puja entre el progreso sustentado en la razón y la irracionalidad de un mal inmemorial. En efecto, como señala el crítico literario Seb Franklin, “Drácula es una presencia que acecha sin estar presente, contraviniendo las leyes de la física”. Y en este punto radica el auténtico horror que emana de su figura: en las impredecibles fisonomías que puede adquirir en tanto encarnación del Mal.

































