Todos los días por la mañana, María (19 años) va a un comedor comunitario. Llega y se pone a pelar papas y zanahorias, y a cortar cebollas. Todo aquello, con arroz o fideos y un poco (ojalá fuese más) de carne picada irá, en generosa salsa, a dos enormes ollas donde se cocina el almuerzo de unas 120 personas. Quizás ese plato sea el único que llegará a los estómagos de los vecinos de ese barrio vulnerable de Santa Fe. María lo hace desde la empatía, y no pide nada a cambio: le sobra como "pago" la sonrisa desdentada y agradecida que le ofrece un anciano.


































