Lo primero que hizo Noemí cuando en mayo de 2020 pudo pisar de nuevo las calles de Madrid fue mudarse a un piso más grande y adoptar a Finn, un galgo de tres años y medio. El teletrabajo forzoso y la angustia de sentir que en cualquier momento todo podía dar un vuelco les empujaron a ella y a su pareja a hacer lo que siempre habían deseado. La rubinense Alba, en cambio, no tuvo que esperar ni a desconfinarse para adoptar a Drac, un gatito recién nacido que necesitaba atención continuada para poder sobrevivir. “Sin pandemia no habría podido, pero como estábamos encerrados tuve todo el tiempo del mundo para cuidarlo”.

































