Sabía que su salud era mala y presumo que la muerte de Rafael, su marido, contribuyó a ese deterioro. Espero, deseo, que la muerte haya llegado, ( y con ella me permito citar a Borges) “...callada como sueles venir en la saeta.”. Lo cierto es que este martes 17 de diciembre la primera noticia que recibí a primera hora de la mañana fue su muerte. Beatriz no era creyente, pero alguna vez admitió la existencia del misterio, del misterio de la vida y de la muerte. Me consta que muchos agnósticos suponen que ante la ausencia de esperanza alientan la ilusión de que dejan como testimonio de su presencia en la vida su obra: pinturas, música; algunos piensan en un árbol, una flor, un retrato. Beatriz nos deja sus ensayos, sus libros, algunos excelentes, otros controvertidos como le gustaba ser a ella, pero siempre lúcidos. Yo he leído sus libros y algunos los he releído y lo seguiré haciendo, pero no creo que Beatriz haya creído que esas creaciones suyas sean un sustituto de la inmortalidad.


































