Se levantó con dolor de cabeza. No obstante, se vistió despacio, tomó un café bien caliente y decidió salir a caminar para despejar su mente. Bajó por una senda abrupta y se dirigió hacia el río. El ambiente continuaba impregnado de rastros nocturnos y en la nubosidad opaca del cielo parpadeaban algunas estrellas su confusión trasnochada. Las luces de las casas estaban aun apagadas, las chimeneas dormían, el silencio era quebrantado solamente por el aullido lejano de un perro. El frío le golpeaba la cara, pero la tibieza que emanaba de su cuerpo y el aire puro que entraba por sus pulmones la llenaban de vigor y de paz. Avanzó por la costa empedrada. La irregularidad del suelo le incomodaba en los pies. Una liebre saltaba mas allá del viejo tronco gris que adornaba la rivera. La claridad comenzaba a atenuar las sombras y optó por girar hacia la pasarela para cruzar el caudal generoso del Azul. Perfiló hacia el cerro y tomó el sendero áspero que lleva al refugio. Los árboles enormes amparaban su andar a medida que subía. Intentaba desenredar sus ideas y no abrumarse con cavilaciones negativas, pero la sensación amarga del desafecto volvía a astillar su interior, la carne ardía y la respiración se cortaba.




































