"¡Argentinos!: es por esto, que al encontrarnos en la solemne situación de un pueblo que se incorpora, que se pone de pie, para entrar dignamente en el gran cuadro de las naciones, la religión os felicita, y como ministro suyo so vengo a saludar en el día más grande y célebre con el doble grandor de lo pasado y de lo presente, en el día que se reúne la majestad del tiempo con el halago de las esperanzas. (...) Pero llega la constitución suspirada tantos años de los hombres buenos; se encarama ese soplo sagrado en el cuerpo exánime de la República Argentina...a mis ojos se levanta la patria radiante de gloria y majestad. (...) Sin embargo, el inmenso don de la constitución hecho a nosotros, n sería más que el guante tirado a la arena, si no hay en lo sucesivo inmovilidad y sumisión: inmovilidad pro parte de ella, y sumisión. (...) Este día me parece semejante al día memorable de los israelitas, cuando después de setenta años de cautividad, saludaban por primera vez su patria desierta, cubierta de ruinas, y rodeada de enemigos; postrados bañaron de lágrimas su postrado suelo, y levantándose se apresuraron a edificar sus casas y a alzar su templo. ¡República Argentina! ¡Noble Patria!¡Cuarenta y tres años has gemido en el destierro, medio siglo te ha dominado su eterno enemigo en sus dos fases de anarquía y despotismo!¡Qué de ruinas, qué de escombros, ocupan tu sagrado suelo! Todos tus hijos te consagramos nuestros sudores y nuestras manos no descansarán hasta que te veamos en posesión de tus derechos, rebosando orden, vida y prosperidad! (...) Aun es más necesaria a la vida de la república la sumisión a la ley, una sumisión pronta y universal, sumisión que abrace desde este momento nuestra vida..."