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Reflexiones desde una perspectiva filosófica

El legado de Habermas frente al desierto de la posmodernidad

El fallecimiento del filósofo marca el fin de una era, pero su legado invita a cuestionar si Occidente aún defiende una esfera pública basada en la verdad.

El legado de Habermas frente al desierto de la posmodernidadEl legado de Habermas frente al desierto de la posmodernidad

Lunes 30.3.2026
 6:02hs
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Lisandro Prieto Femenía
Por: 
Lisandro Prieto Femenía

Jürgen Habermas ha muerto. Con su fallecimiento se cierra la trayectoria de un pensador que, lejos de sucumbir a las modas del escepticismo radical, se mantuvo como el último gran guardián del proyecto ilustrado.

En un siglo marcado por la fragmentación del sentido, Habermas investigó con rigor cómo la comunicación no es un mero intercambio de subjetividades, sino el ancla misma de la legitimidad democrática.

Su desaparición biográfica no debe interpretarse como el acta de defunción de su pensamiento; por el contrario, nos obliga a evaluar si Occidente aún posee la voluntad de sostener una esfera pública basada en la exigencia de verdad.

Habermas articuló su proyecto sobre una premisa innegociable: la razón no es un instrumento de poder, como pretendieron sus críticos más feroces, sino una trama de justificación intersubjetiva. Como señala en su obra cumbre: "La comunicación (Verständigung) constituye la base normativa de la acción social coordinada" (Habermas, 1981, página 24).

Para el filósofo de Fráncfort, la democracia no es un juego de identidades en pugna, sino un proceso deliberativo donde la fuerza del mejor argumento debe prevalecer sobre la coacción. En La transformación estructural de la esfera pública, recordaba que la irrupción de una opinión pública crítica fue el acontecimiento que permitió la fiscalización racional del poder político (Habermas, 1990, página 50).

La inquietud que despierta su partida no es meramente académica. En un panorama intelectual donde el pensamiento profundo parece ceder ante la banalidad de la inmediatez, la figura de Habermas funcionaba como un recordatorio de que la sensatez es un ejercicio de disciplina intelectual.

Se ha planteado que su muerte representa el fin del pensamiento racional en Occidente; sin embargo, esta tesis peca de un pesimismo romántico. La razón comunicativa no es el patrimonio de un hombre, sino un procedimiento que sobrevive en la medida en que las instituciones y los ciudadanos decidan someter sus pretensiones de validez al escrutinio del otro.

No obstante, el diagnóstico de Habermas sobre la "colonización del mundo de la vida" adquiere hoy una vigencia estremecedora. Advertía que la invasión de las lógicas sistémicas -el mercado y la burocracia- pone en peligro "la reproducción de las capacidades comunicativas necesarias para la acción coordinada" (Habermas, 1981, página 357).

Lo que hoy observamos no es solo una crisis política, sino una deformación técnica de la palabra. La aceleración digital y la gestión de algoritmos han sustituido la deliberación por la gestión de flujos de datos, convirtiendo al ciudadano en un consumidor de eslóganes.

Portada de uno de los libros más difundidos de Jürgen Habermas, "Teoría de la acción comunicativa". Publicada en dos volúmenes, este trabajo es considerado la obra principal del destacado filósofo alemán. Dentro de un contexto histórico contemporáneo, cita la situación que ha surgido en las sociedades occidentales desde finales de la década de 1960, en la que el legado del racionalismo occidental ya no es indiscutible.


Esta deriva se manifiesta con especial virulencia en el ascenso de la tecnocracia contemporánea. Habermas ya había advertido en Ciencia y técnica como «ideología» que el peligro de la Modernidad radica en la transposición de la racionalidad instrumental al campo de la praxis social.

Cuando la gestión pública se reduce a la "solución de cuestiones técnicas" bajo la égida de expertos, se produce una despolitización de la voluntad ciudadana. En palabras del autor, la autocomprensión tecnocrática "elimina la distinción entre acción técnica y acción práctica", lo que permite que la administración de las cosas reemplace la justicia entre los hombres (Habermas, 1984, página 86).

La gobernanza actual, regida por métricas de eficiencia y la dictadura del dato, es la consumación de ese riesgo: una sociedad que sabe cómo optimizar procesos, pero que ha olvidado cómo discutir sus fines.

Advertencias habermasianas

A este escenario se suma el estado patético de una cultura posmoderna que ha renunciado al pensamiento estructural. La fragmentación del discurso mediático ha devuelto a la sociedad a un estado de "sordera comunicativa" donde el diálogo es imposible, no por falta de medios, sino por la aniquilación de las facultades cognitivas necesarias para sostener una argumentación de largo aliento.

En "Problemas de legitimación en el capitalismo tardío", Habermas señalaba que el sistema requiere de una "lealtad de masas" que se obtiene mediante la manipulación de significados (Habermas, 1975, página 94).

Hoy, esa manipulación se ha sofisticado: los sistemas educativos occidentales, en una capitulación intencional frente a las demandas del mercado, han sustituido la formación humanística y el rigor lógico por una instrucción superficial en "competencias líquidas".

Como bien lo analiza la crítica contemporánea, en sintonía con las advertencias habermasianas, el abandono de la formación estructural condena al sujeto a una inmediatez pulsional. La educación ya no busca la mayoría de edad kantiana -el Sapere aude-, sino la adaptación acrítica a entornos digitales donde la verdad es irrelevante frente a la viralidad.

Esta "despoblación del intelecto" es el caldo de cultivo para un irracionalismo que Habermas combatió con vehemencia: si el lenguaje pierde su capacidad de referir a la realidad compartida y se convierte solo en un arma afectiva o de autoafirmación, la esfera pública colapsa irremediablemente.

Frente a esta decadencia, la tarea del filósofo actual exige reivindicar aspectos puntuales de la ética discursiva habermasiana que funcionan como antídotos contra la disolución posmoderna.

En primer lugar, es imperativo recuperar la noción de pretensiones de validez. Habermas sostenía que todo acto de habla genuino lleva implícitas las exigencias de verdad, rectitud y veracidad; renunciar a ellas bajo el pretexto de que "la verdad es una construcción de poder" no es un acto de liberación, sino de desarmamiento intelectual.

Reivindicar que existe un horizonte de verdad compartida es lo que permite que el diálogo no sea un simulacro, sino una confrontación real de razones.

En segundo lugar, debemos defender el carácter procedimental de la justicia frente al esencialismo identitario. Mientras la posmodernidad se refugia en el particularismo irreductible, Habermas nos recuerda siempre que "el principio de universalización actúa como un cuchillo que corta las fibras de los intereses meramente particulares" (Habermas, 1990, página 83).

Para resistir la fragmentación, el filósofo debe ser capaz de elevarse por encima de su biografía o su tribu para apelar a normas que cualquier ser racional pueda aceptar.

La filosofía no debe ser una terapia de grupo para la afirmación del yo, sino el tribunal donde se examinan las pretensiones que aspiran a regular nuestra convivencia. Es necesario, por tanto, rescatar el núcleo duro de su propuesta frente a la decadencia de la deconstrucción posmoderna.

El mandato que lo sobrevive

Mientras que el relativismo absoluto reduce todo discurso a un juego de poder o a una construcción arbitraria, Habermas sostuvo que "sólo puede pretenderse validez a una norma si todos los afectados por sus consecuencias pueden aceptar racionalmente las normas reguladoras" (Habermas, 1990, página 102).

Esta pretensión de universalidad es el último dique contra el tribalismo. La verdadera crítica no consiste en destruir la confianza en la razón para dejar el campo libre a la voluntad de poder, sino en perfeccionar las condiciones materiales y procedimentales para que el diálogo sea posible.

El mayor riesgo contemporáneo es la sustitución de la argumentación por la performatividad emocional. Cuando la política se reduce a la afirmación de identidades cerradas que no aceptan la mediación de la razón, la esfera pública desaparece. A esto se suma la tecnocracia algorítmica, que naturaliza decisiones opacas bajo el manto de la eficiencia métrica.

El predominio del experto sobre el ciudadano debilita el fundamento mismo de la soberanía popular, transformando la deliberación en un trámite administrativo. Frente a estos peligros, la lección de Habermas es clara: la emancipación no vendrá de la ruptura con la modernidad, sino del cumplimiento de sus promesas de racionalidad y autonomía.

La tarea no es la nostalgia, sino la reconstrucción de las instituciones que permiten la argumentación pública. Esto implica fortalecer una educación cívica que no tema a la jerarquía del conocimiento y diseñar marcos que protejan la pluralidad frente a la uniformidad del big data. El mandato de Habermas es una exigencia normativa que sobrevive a su autor: la razón debe ser pública y debe ser defendible.

¿Es posible sostener la pretensión de universalidad en un mundo que ha renunciado a la noción misma de verdad objetiva? ¿Podrá la arquitectura de la deliberación habermasiana resistir el embate de una tecnología que prioriza la reacción instintiva sobre la reflexión pausada?

¿Estamos dispuestos a aceptar la carga de responsabilidad que implica justificar racionalmente nuestras posiciones, o preferiremos el refugio cómodo pero estéril del narcisismo identitario? ¿Qué queda de la "fuerza del mejor argumento" cuando la autoridad del experto técnico se utiliza para blindar decisiones políticas ante el escrutinio público?

¿Cómo recuperar la dimensión práctica del lenguaje en una civilización que ha reducido la comunicación a un flujo de información optimizable para el mercado? ¿Hasta qué punto la degradación de los sistemas educativos es un error de gestión o una estrategia deliberada para erosionar la capacidad de resistencia racional del ciudadano?

¿Es la filosofía actual capaz de proponer un horizonte universalista sin caer en el dogmatismo, o ha sido domesticada por el imperativo de la corrección política posmoderna?

El autor es un docente, escritor y filósofo sanjuanino.

Referencias bibliográficas

  • Habermas, J. (1975). Problemas de legitimación en el capitalismo tardío. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Habermas, J. (1981). Teoría de la acción comunicativa. Volumen I. Madrid: Taurus.
  • Habermas, J. (1984). Ciencia y técnica como «ideología». Madrid: Tecnos.
  • Habermas, J. (1990). La transformación estructural de la esfera pública. Madrid: Alianza.
  • El País (14 de marzo de 2026). Muere el filósofo alemán Jürgen Habermas a los 96 años.
  • BBC Mundo (14 de marzo de 2026). Jürgen Habermas: la vida y legado del filósofo alemán.

El famoso debate con Ratzinger (1)

En enero de 2004, Joseph Ratzinger, que todavía no era Benedicto XVI (faltaba más de un año para que sea proclamado papa), mantuvo en la Academia Católica de Baviera un trascendente y enriquecedor diálogo con Jürgen Habermas, el cual es necesario rescatar y explotar por las enseñanzas que encierra para el momento actual. Enseñanzas, se aclara, en dos planos distintos.

Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger compartían su condición de intelectuales y alemanes de la misma generación (1929 y 1927, en ese orden), y por lo tanto experimentaron en su propia persona el peor periodo de Alemania.


Uno, el de la profundidad del pensamiento de Ratzinger, unido a una extraordinaria penetración para captar la realidad y abordarla con claros recursos expresivos. El papado, o bien posee la condición de una santidad evidente, o bien necesita de una sabiduría y una inteligencia extraordinaria para poder proyectarse ante un mundo tan complejo.

Otro, el que se deduce de constatar cómo se produce, cuando el razonamiento es profundo y honesto y no está ligado a intereses de partido -como sucede con Habermas-, la proximidad de muchas de sus conclusiones con relación a la vida pública, democracia y el estado de derecho, con las afirmaciones de quien después sería papa.

Habermas apuntó que un problema de las personas del mundo secular es que tienen dificultades para afirmar valores sin recurrir a los respaldos trascendentes o confesionales que pretenden negar. La secularización, el proceso de replanteo en términos laicos del antiguo universo conceptual de la cultura religiosa, amenaza con vaciar el sentido mismo de esos conceptos que son también valores.

¿Cómo se justifican, por ejemplo, el derecho y el Estado? Esta pregunta fundamental para la política constituyó el centro de la discusión en Baviera. Desde la filosofía de Habermas, una variante del liberalismo político, el respaldo de las instituciones ya no puede ser religioso o metafísico: debe ser racional.

La ley que regula al Estado se fundamenta en las mismas condiciones que hacen posible el diálogo entre ciudadanos, quienes están involucrados de una u otra forma en el procedimiento legislativo. La argumentación es la fábrica de legitimidad del sistema.

(1) Adaptación del artículo "Algunas enseñanzas de un gran debate", de Josep Miró (12 de enero de 2023).

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