Amo el invierno, con sus mañanas grises y glaciales al abrigo del fuego de la estufa siempre encendida, disfrutando del mate mientras hago mil cosas. Es una época donde me invade un blanco mutismo y me interno en los pasajes más profundos de mi espíritu. En esa soledad de hielo mi sensibilidad explora nuevos caminos orillando la espuma del recuerdo. Los dibuja en el rocío del follaje, en la línea circular de los helechos, en las estrías de mis manos donde lo natural y lo humano deshilvanan sus misterios. Mi aura se funde a la suave ubicuidad del viento que profana los pétalos de manzanillas y el canto alborotado de los pájaros, y absorbe el aroma perfecto de la salvia y la gracia desprolija del enebro.




































