El 2019, cuando vi que había tantos caballos, fui a la Facultad de Ciencias Veterinarias; yo trabajo mucho con ellos: voy seguido y pregunto quién me ayuda con las cosas que se me van ocurriendo. Por aquel entonces, pedí ayuda y me derivaron con extensión universitaria para hacer "algo" con caballos. Me contactaron con una profe veterinaria, Mariana Kienast, que estaba haciendo un taller que se llamaba "Mi amigo, el caballo" pensado para los que visitaban el hipódromo. Nos conocimos y empezamos a entrelazar proyectos e ideas. Eso que dicen que "el viento los amontona" es tal cual. Enseguida, pegamos onda y empezamos a proyectar en conjunto. En el transcurso del 2019, también nos propuso sumar perros a estos proyectos. Estos animales domésticos sí podían entrar a las aulas: aunque costó el permiso, se consiguió. Así, los perros empezaron a trabajar en primer grado. Mientras, yo -que tenía tercer grado- trabajaba con los caballos. Un poco, Mariana me visitaba en la escuela y, otro poco, yo la visitaba en el hipódromo con los chicos. El objetivo era que los caballos y los perros fueran parte de la propuesta que les hacíamos a los chicos desde la escuela y desde el hipódromo. Cuando empezó la pandemia, teníamos preparado un proyecto de intervenciones asistidas por animales que no se pudo realizar y que a penas alcanzó a presentarse; habíamos acondicionado un lugar en la escuela pero el COVID-19 frenó todo. Así que quedamos en "stand by" y no sabíamos qué hacer. Después, el equipo -compuesto por mucha gente que se puso sobre las espaldas la problemática- reacondicionó el proyecto para hacer una oferta de revinculación de los chicos con la escuela: invitamos a aquellos nenes que no tenían conectividad a un encuentro donde había material para leer y escribir; se podía escuchar; se podían mirar libros; era un acercamiento para que ellos se dieran cuenta de que: la escuela estaba presente, las maestras estábamos pensando en ellos y ellos -a su vez- podían ver a sus compañeros y a sus docentes.