La ironía no siempre es un recurso literario; a veces es la textura misma de la realidad. Gané un concurso que merecía, pero lo perdí. En realidad, no lo perdí: me lo mancharon. Lo curioso -y ahí está la primera ironía- es que, a pesar de todo, gané. Gané por mérito, por trabajo, por horas de estudio y años de experiencia… y aun así, el final fue una especie de teatro del absurdo donde la justicia llegó tarde, con cara de "bueno, ya está, felicitaciones". Como si uno pudiera celebrar con la ropa todavía sucia de barro.

































