Rogelio Alaniz
La película de Clint Eastwood está a punto de estrenarse, por lo que no está mal hacer algunos referencias al personaje. John Edgar Hoover controló durante casi cincuenta años la información, el espionaje y el contraespionaje de los Estados Unidos de Norteamérica. Su personalidad llegó en algún momento a ser más importante que la institución que representaba. Ocho o nueve presidentes norteamericanos le temieron y lo necesitaron. Era eficaz, temible y obsesivo. Despertó más odios que amores, pero por sobre todas las cosas inspiró miedo. La libertad, el honor y la vida dependían de una palabra suya. A veces de un gesto.
Toda biografía debe rehuir a la tentación de endiosar al personaje y ponerlo por encima de las vicisitudes de la vida. También a la tentación de reducir el personaje a un pasivo exponente de la coyuntura. Encontrar ese equilibrio es siempre el gran desafío de un escritor o -en este caso- un director de cine. No sé si Eastwood logra resolverlo, pero lo que sí sé es que el personaje reúne todas las condiciones para articular las difíciles relaciones entre la aventura individual y la lógica histórica del poder.
En efecto, el hombre que se inició repartiendo comidas -como delivery diríamos hoy- el modesto bibliotecario que antes de clasificar hombres aprendió a clasificar libros o el hijo dominado por una madre posesiva, es al mismo tiempo el funcionario que revoluciona los sistemas de investigación y lucha contra el delito común y político. Por lo tanto, nada más representativo del sueño americano que la imagen del hombre que se hace desde abajo y se abre paso en la vida merced a su talento, su maldad y, si es necesario, sus puños. Hoover estaba hecho con esa madera. Lo que John Wayne representó en el cine, él lo expresó en los círculos del poder: el yanqui duro, prepotente, prejuicioso y emprendedor.
No se lo puede juzgar a Hoover al margen del país con el cual se identificó en casi todos sus defectos y en algunas de sus virtudes. Hoover actúa cuando Estados Unidos empieza a transformarse en el imperio con mayúscula. Su intervención es fundamentalmente interna, pero muchas de sus decisiones van más allá de las fronteras. El enemigo de los gángsters es luego el adversario implacable del nazifascismo durante la Segunda Guerra Mundial y el obsesivo cazador de brujas en los años de la Guerra Fría.
(Lea la nota completa en la Edición Impresa)


































