Llueve, y la palabra se me queda corta, porque lo que cae no es simple agua ni un respiro de verano ni un accidente pasajero de la atmósfera: lo que cae es un desgarramiento continuo, una herida abierta en el cielo que no cicatriza, un derrame que insiste en repetirse como si buscara probar la resistencia del mundo y de mi cuerpo.



































