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Tan solo llueve

En un mundo donde la lluvia es un desafío constante, la persistencia se transforma en una coraza que protege del desgaste, creando una nueva forma de resistencia.

Tan solo llueveTan solo llueve

Sábado 25.10.2025
 13:34
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Rodrigo Agostini
Por: 
Rodrigo Agostini

Llueve, y la palabra se me queda corta, porque lo que cae no es simple agua ni un respiro de verano ni un accidente pasajero de la atmósfera: lo que cae es un desgarramiento continuo, una herida abierta en el cielo que no cicatriza, un derrame que insiste en repetirse como si buscara probar la resistencia del mundo y de mi cuerpo.

No hay alivio en este descenso: cada gota se carga de una intención distinta, como si una voluntad invisible la hubiera lanzado no para mojar sino para punzar, no para refrescar sino para desgastar. En su filo se intuye un mandato de desgaste, una saña antigua que no se agota.

Y así me descubro caminando en calles que ya no son calles, sino cauces torcidos donde el agua empuja sin destino, arrastrando hojas, ramas, fragmentos de lo que ayer fue sólido. El barro trepa a mis tobillos como si quisiera sujetarme, encadenar mis pasos, volverlos más pesados.

Cada movimiento es un esfuerzo inútil, como remar en un río que no obedece al remo. Los paraguas se quiebran como alas frágiles, las paredes transpiran, los techos gotean: nada resiste a esta invasión lenta. La lluvia es más fiel que cualquier compañía, más persistente que cualquier promesa, más cruel que cualquier enemigo.

Pero lo peor no es lo visible. Lo insoportable no está en el cielo abierto, sino en el eco que se enciende adentro. También allí llueve, en el centro de mi pecho, en los pliegues de mis pensamientos. Un aguacero interior que no se detiene, que machaca en silencio, que repite con voz insinuante lo que más hiere: quizás no seas capaz, quizás nunca lo fuiste.

No lo grita, no lo afirma; lo sugiere con la paciencia de un veneno que sabe esperar, y en esa sugerencia está el verdadero peso, la duda no hiere de un golpe, sino que se infiltra como humedad en una pared hasta que todo termina por ceder.

Respiro entre gotas, intento endurecerme, y aun así siento que me doblo. Noches en que la almohada parece un charco, y en cada sueño la tormenta vuelve a caer, incesante, interminable. Al despertar, la ingenuidad terca de mi corazón me hace esperar una tregua, pero el cielo no concede indulgencias.

Llueve con la misma obstinación, con la misma letanía sin fin. Y cada mañana es volver a empezar, volver a ser alcanzado, volver a ser herido.

Lo insoportable de la lluvia es que no necesita variar para desgastarte: basta su repetición. Una gota puede pasar inadvertida, pero un millón, una tras otra, acaba por horadar la roca, por partir en dos la paciencia, por quebrar incluso lo que parecía más sólido.

Y es eso lo que siento: que el cielo me conoce mejor que yo mismo, que sabe dónde golpear, que intuye en qué lugares guardo mi fragilidad. Esta tormenta no cae al azar: se posa justo en la grieta, justo en el cansancio, justo en la palabra que no digo pero que me habita.

Camino, y ya no sé si es mi cuerpo el que se moja o si la lluvia se ha metido en mí al punto de confundirse con mi sangre. Cada paso es un recordatorio de que no hay refugio, de que la intemperie no se evita, de que el cielo es demasiado grande como para escapar de su dominio.

Y, sin embargo, sigo, aunque mis pasos sean pesados, aunque mi respiración sea un esfuerzo. Porque en medio del diluvio lo único que permanece es la obstinación de seguir avanzando, aunque sea hacia ninguna parte.

No dejó de llover, nunca lo hace, y sin embargo algo en mí empezó a tensarse de un modo distinto, como si en el mismo barro que me retenía se estuviera gestando una materia nueva, un sedimento que a fuerza de repetirse encontraba la forma de volverse piel.

No fue una decisión, no fue un acto heroico: no me levanté un día diciendo “voy a resistir”, sino que la lluvia misma, con su insistencia inagotable, fue esculpiendo sobre mi cuerpo una segunda corteza. No brillaba como el acero ni sonaba como los metales; era opaca, áspera, como esas piedras que no buscan ser vistas, pero que llevan en su interior la memoria del tiempo.

Esa coraza se fue adhiriendo sin que yo pudiera evitarlo, y lo hizo con la paciencia de lo que sabe esperar. Cada herida cerrada era una costura. Cada desvelo era un hilo nuevo que la apretaba más a mi carne. Cada golpe de agua, lejos de destruirme, añadía un fragmento más a esa superficie rugosa.

Y así, sin que pudiera señalar el instante exacto, descubrí que ya no era sólo yo el que enfrentaba la tormenta: había en mí una piel ajena, levantada por la propia intemperie, que se interponía entre la furia del cielo y mi fragilidad.

En principio no lo comprendí. Creí que la lluvia había aflojado, que se había cansado de castigarme. Pero pronto me di cuenta de que seguía cayendo con la misma violencia. Lo que había cambiado no era el cielo, sino mi modo de recibirlo. Las gotas se estrellaban contra esa superficie nueva y se quebraban, se deslizaban sin penetrar.

Donde antes había puñales ahora había un repiqueteo sordo, molesto, pero soportable. Y en esa transformación mínima se escondía algo más grande: la certeza de que, aunque no podía detener la tormenta, sí podía dejar de ser su víctima.

La coraza, sin embargo, tenía su precio. No era liviana ni amable. Pesaba como pesan las armaduras que los guerreros llevan demasiado tiempo puestas. Me doblaba los hombros, me volvía lento. Y aun así, en esa lentitud, había una firmeza distinta.

Mis pasos, hundidos en el barro, dejaron de arrastrarse: comenzaron a sonar graves, como si el suelo reconociera en ellos otra resonancia. No eran pasos de victoria, no había gloria en ese andar, pero había algo más: la dignidad de seguir en pie cuando todo invita a rendirse.

No hubo alivio, tampoco triunfo. Lo que apareció fue una calma grave, casi mineral, que se parecía más a la resignación de la roca que a la serenidad del sabio. Aprendí que uno no siempre resiste porque quiere, sino porque no le queda otra.

Y en esa resistencia obligada, en esa persistencia muda, había un pulso nuevo: un latido que ya no temía al golpe repetido, un ritmo que aceptaba la lluvia como parte de su música. La tormenta seguía siendo tormenta, yo seguía siendo vulnerable, pero había encontrado un modo de permanecer erguido, y en ese gesto mínimo descubrí una fuerza inesperada.

Y un día, sin anuncio ni ceremonia, ocurrió lo que jamás había esperado: las gotas, las mismas que me habían castigado con obstinación, comenzaron a perder filo. No dejaron de caer -el cielo seguía desgarrado, la herida no había cerrado-, pero algo en su modo de tocarme había cambiado.

Ya no se incrustaban como cuchillas, ya no buscaban abrirse paso hacia la sangre. Descendían con un roce más blando, como si hubiesen olvidado su vocación de herir y hubieran recordado de golpe que eran agua. Al principio dudé. Sospeché que era la fatiga en mi cuerpo, que mis nervios embotados ya no registraban el dolor. Pensé que mi coraza se estaba adelgazando hasta confundirse con la piel.

Creí, incluso, que era yo acostumbrándome al golpe, como se acostumbra el oído a un ruido persistente. Pero poco a poco entendí que había algo más: la violencia había perdido su mandato. El rumor del agua contra el suelo, que antes era un martilleo implacable, se había vuelto un murmullo grave, casi musical, un acompasamiento que no dictaba mi paso pero lo acompañaba.

El barro, antes cepo que me sujetaba, comenzó a abrirse bajo mis pies como si quisiera recibir mi huella. Hundirse en él ya no era condena: era una manera de dejar marca, de inscribirme en la tierra. Y en ese gesto mínimo, ese contacto áspero, descubrí una ternura inesperada. La tormenta seguía siendo tormenta, pero ya no era enemiga: era presencia, compañía, espejo de mi propia obstinación.

Las balas se habían vuelto dedos líquidos recorriendo mi rostro. No eran caricias suaves ni perfectas: eran ásperas, insistentes, pero tenían la delicadeza de lo inevitable, de aquello que ya no se impone como un castigo sino que se ofrece como recordatorio. Cada gota me decía: aquí estás, todavía respiras, todavía puedes seguir andando.

Y ese mensaje, repetido en el lenguaje del agua, me sostuvo más que cualquier palabra de consuelo. Descubrí entonces que lo insoportable no se había desvanecido: se había transformado en otra cosa. Y esa otra cosa era vivible, incluso amable en su aspereza. La tormenta no había cambiado.

El cielo seguía abierto, el aguacero seguía cayendo con la misma obstinación. Pero mi mirada, mi manera de recibirlo, había aprendido un gesto nuevo. Lo que antes era castigo ahora era paisaje; lo que antes era amenaza ahora era compañía; lo que antes era intolerable ahora era parte de mí. Era la misma agua, el mismo diluvio interminable, y sin embargo era otro. Porque yo era otro.

La lluvia no se detuvo nunca. Cayó ayer, cae hoy, caerá mañana con la misma obstinación de siempre, como si el cielo llevara en sus entrañas una herida imposible de cerrar. El mundo permaneció igual: las calles aún se encharcan, los muros aún rezuman humedad, los techos aún ceden gota tras gota como si fueran relojes líquidos marcando la insistencia del tiempo.

Nada cambió afuera, nada cedió. El cielo no cerró su llaga, no clausuró su desgarradura. Y sin embargo, en mí algo se corrió apenas, un milímetro invisible, y con ese desplazamiento mínimo se abrió un horizonte distinto. Lo que antes eran dagas ahora son gotas, lo que antes eran cadenas ahora son huellas blandas en la tierra, lo que antes era condena ahora es simplemente lluvia.

Descubrí que no podía elegir el cielo, ni el barro, ni la obstinación del agua, pero sí podía elegir el modo de recibirlo. Y esa elección, tan leve y tan radical, basta para modificarlo todo. La tormenta no desapareció: sigue cayendo con su ritmo monótono, a veces feroz, a veces apenas un velo. Lo que cambió fue mi modo de sostenerla.

La vida no se volvió más liviana; se volvió distinto el peso sobre mis hombros. Comprendí que el cambio no consiste en hacer cesar la lluvia, sino en aprender a caminar bajo ella sin sentirme deshecho. Y en esa certeza mínima - tan mínima y, sin embargo, infinita - descubrí un poder inesperado: no el de dominar lo inevitable, sino el de habitarlo de otra manera.

No fue un milagro, ni una revelación estridente. Fue apenas un aprendizaje secreto, un corrimiento en la mirada que me enseñó que lo insoportable no siempre muere, pero sí puede transformarse en vivible. El agua siguió cayendo, pero ya no era enemiga; era señal de que estaba vivo, de que podía todavía andar, de que cada gota era una marca de mi persistencia.

Y entonces, sin darme cuenta, la lluvia dejó de ser prueba para volverse compañía. Caminé bajo ese cielo interminable y sonreí, apenas, con una sonrisa que no buscaba desafiar nada ni a nadie, sino reconocer en silencio lo evidente: no era el mundo el que se había vuelto distinto, era yo quien había aprendido a verlo de otro modo.

La tormenta seguía siendo tormenta, pero yo ya no era el mismo. Y en esa diferencia, casi invisible, encontré la fuerza para seguir caminando, incluso cuando el diluvio no cesa.

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