Después de tanta lluvia, esa tarde el sol aparece triunfante escalando las nubes y ruborizando la nieve que corona los cerros. El humo de las chimeneas se esconde entre la letanía de cipreses y se amalgama a la soledad. Ella prepara unas tostadas con mermelada de grosellas y mate amargo para apañar el frío y endulzar el espíritu. Sorbo a sorbo espera que su ansiedad se libere evocando esos ojos profundos que la retornan al vaivén indescifrable en que se fue despojando de la infancia para surgir como mujer; a esa mirada, persistente, insolente, pero llena de ternura que la hizo sentir querida por primera vez.


































